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Los
estudiosos de la estética y los filósofos aún no se han puesto
de acuerdo en la definición de la belleza. La belleza no se define, se
reconoce. Es una cualidad, un concepto, un sentimiento, que se caracteriza por
su relatividad: no hay un criterio universal a pesar de que existen aproximaciones
a lo absoluto, acercamientos a la perfección que no existe más que
como ideal.
Lo que no presenta dudas es que para cada individuo, para cada grupo social,
para cada raza, para cada época, existe un modo particular y diferente
de percepción estética. Las exuberantes masas glúteas de
las mujeres hotentotes, las mujeres con cuellos de jirafa, los pequeños
pies atrofiados de las chinas, las mutilaciones nasales, auriculares, y labiales
de algunas tribus africanas o americanas, las cabezas en forma cuadrada que nos
muestran ciertas esculturas de Etiopía y que eran provocadas intencionadamente
desde la infancia... son considerados modelos de belleza para ciertas razas o
lo fueron en determinada época.
Entre las razas civilizadas, el canon de belleza gira en torno
del clásico canon de Policleto, el más popular
patrón de belleza griega, que a través de generaciones
llego hasta nosotros y en el que la altura del ser humano es igual
a 8 veces la altura de la cabeza. El Apolo de Belvedere y
la Venus de Milo son ejemplos del ideal artístico
y de la concepción de lo bello. La Venus de Willendorf,
Rubens, Manet,... exponen la belleza femenina robusta
y adiposa en contraposición a la manifiesta en los cuadros
de Boticcelli, Modigliani...
En la actualidad vivimos una época en que los atributos tanto femeninos
como masculinos tienen diferente significación. La búsqueda de la
belleza se realiza en los gimnasios. La obesidad es considerada como un signo
patológico. Se aceptan todo tipo de patrones de belleza, siempre y cuando
se adapten a un contexto determinado, y quizá se le dé más
importancia a la belleza dinámica que a la estática. El dinamismo
de la imagen televisiva y cinematográfica ha ganado a la pose de la fotografía,
de la pintura y de la escultura como medios de comunicación de masas. La
belleza dinámica es trascendente y acepta tanto la asimetría como
la irregularidad siempre y cuando guarde una armonía de conjunto. La perfección
externa y la perfección interna constituyen la belleza física y
la belleza psíquica. La armonía entre ambas es uno de los mayores
espectáculos que podemos disfrutar y ante el cual todo ser humano sucumbe.
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