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Todo
rostro es un poema, donde los versos armonizan en musicalidad y ritmo, y donde
la metáfora enriquece su lectura. Y son versos cada uno de sus componentes:
la piel, el pelo, la altura de la frente, las proporciones de la nariz, los ojos,
cada una de las líneas que configuran la cara, la boca... Estos determinan
la estructura, la forma, o el recipiente. Por otra parte, el contenido se expresa
en el color, en el olor, en el gesto, en los ovimientos, en la mirada, en la intención,
el deseo, el ánimo...
Ambas características, forma o apariencia y fondo o contenido, configuran
una unidad y están relacionadas de manera dinámica, evolucionan
y se transforman.
Ante semejante situación no cabe la aplicación rigurosa de cánones
o medidas académicas, que, como ocurrió en el arte, sólo
llevan a la teoría de la imitación, al culto de lo estereotipado.
La estética no es rigidez, la estética es plástica, versátil,
mutable y la belleza, un ideal, una abstracción. Es por eso que fallaron
todos los intentos por reducir lo bello a números o limitarlo a la forma.
La singularidad, el carácter, la mirada... han predominado. 
• Pérez Castelo, Susana. El rostro humano. Ayuntamiento
de La Coruña. La Coruña, 1996 • Rubia, Francisco. El cerebro nos
engaña. Ed. Temas de hoy. Madrid, 2000 • Colo, Jonathan. Del rostro.
Alba Ed. Barcelona, 1999
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