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Las
personas que padecen dismorfofobia suelen ser perfeccionistas, tímidas,
ansiosas socialmente y muy sensibles al rechazo. La mayoría sufre de depresión
que generalmente se manifiesta como un intenso sentimiento de angustia y de inferioridad,
pudiendo presentar alteraciones graves en la alimentación.
El temor a verse disminuido ante los demás, de ser ridículo y,
por tanto, posible víctima de la risa y burla de los otros,
provoca un debilitamiento de la propia imagen que afecta directamente
a la auto-estima y en muchos casos trae consigo conductas evitativas
como no salir a la calle o no tener encuentros sociales.
Cada vez que la zona corporal considerada vulnerable debe ser expuesta
o simplemente nombrada, el sujeto sufre una crisis de ansiedad e
inmediatamente entra en un comportamiento que evite cualquier tipo
de situaciones que expongan su supuesta alteración. Por otra
parte, la preocupación desmesurada por un detalle físico
en el que se invierte mucho tiempo mental y dedicación para
tratar de mejorarlo u ocultarlo le impedirá concentrarse
en cualquier otro tema, especialmente escolares.
Cuando se les pide que se auto-evalúen, con excepción de aquello
que les molesta, son muy acertadas, sin embargo, basta un sólo detalle,
amplificado sin proporción en su mente, para acabar con su seguridad personal.
Incluso, aunque sepan que no tienen razón para preocuparse, no pueden evitarlo,
o bien, creen firmemente tener el defecto, a pesar de que todo evidencia lo contrario.
Y aquí estamos ante la presencia de la enfermedad. El cuerpo, rechazado
y causa del sufrimiento, será maltratado sin piedad mediante dietas convulsivas
(anorexia o bulimia), ejercicios físicos extremos, descuidado en el vestir,
aislamiento, etc. 
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