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Es
el grado de interés por la investigación quien define el nivel de
desarrollo de un país o de una civilización: quien tiene una estructura
de investigación tiene el tesoro de la creación, tiene la independencia
científica, tecnológica y de pensamiento que esta aporta.
No hay avances en la Ciencia sin Investigación.
La historia de la humanidad es la suma de conocimientos adquiridos
a través de los tiempos, y el conocimiento, la interpretación
racional de la realidad. Pero la realidad, no obstante, no es perceptible
como tal sino que es representada bajo concepciones antropomórficas,
en las que el modelo y la medida es el propio ser humano, el interpretador.
Es, mediante la evolución del concepto, es decir, del propio
lenguaje, como se va desarrollando la capacidad de interpretación,
asimilando la verdad a la que somos capaces de acceder.
Debido a esto, en la historia, la adquisición de conocimientos no se
hace de una forma gradual, sino que se van preparando con anticipación
variable los diversos grados de saber: Existen en la historia idas y venidas,
oscilaciones entre el saber y la ignorancia, entre el pensamiento mágico
y el pensamiento científico. La consecuencia de esto es que las verdades
de la ciencia van siendo revisadas paulatinamente conforme nuevos conocimientos
niegan o modifican concepciones anteriores.
Atributo esencial del ser humano, el pensamiento, la razón, ha recorrido
infinidad de caminos en la búsqueda constante del saber.
En nuestra civilización fue Rene Descartes quien colocó
las claves para hacer sensato el camino de la razón: El Método
Científico.
En el Discurso del Método (1637) Descartes
enumera y explica las principales reglas que han de seguirse en
la búsqueda de la Verdad en las Ciencias. Comienza así
su ensayo: "El buen sentido o sentido común es la
cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa estar tan
bien provisto de él, que, hasta los más difíciles
de contentar en cualquier otra cosa, no acostumbran desear más
buen sentido del que ya tienen...". De esa manera, y para
no caer en la autocomplacencia, ni en la aceptación ciega
de los conocimientos de otros, llega a establecer cuatro simples
principios, tan vigentes hoy como entonces:
1º. No aceptar nada como cierto, es decir, no aceptar sino aquello incapaz
de hacer dudar a nuestro espíritu: (La duda).
2º. Dividir todo problema examinado en tantas parcelas como fuese posible
y necesario para mejor entender la cuestión: (Análisis).
3º. Ordenar todo pensamiento comenzando por lo más sencillo hasta
lo más complejo: (Ordenar).
4º. Hacer siempre enumeraciones tan complejas y revisiones tan generales
hasta estar seguro de no omitir nada: (Enumerar).
Con estas
reglas del arte del raciocinio el individuo se enfrenta con la
realidad de un problema, (observación), establece juicios
entre causa y efecto y emite hipótesis que han de ser corroboradas
o verificadas. 
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